Critica del Arquitecto Argentino Oscar Gagliano

Cuando uno conoce y se encuentra frente a la obra de Agustín, le corre un frío por la espalda y verifica que esta tocando el alma con las manos al introducirse en ella. Se pone en contacto con la esencia misma del arte. Esto me surge, no por llenar de palabras un espacio, sino porque veo a la gente. Las personas que circulan alrededor de su obra. Obviamente, esto es comprendido por todos. A diferencia de la pintura, la escultura es un espacio, modifica su entorno. Esta dentro de un espacio y a su vez genera un nuevo espacio. Como arquitecto, soy el primero en reconocerlo y como en este caso, es un espacio lleno de contenido. Muy que nos pese a los arquitectos y urbanistas, donde pretendemos creer que todo esta previamente pensado en un proyecto, de pronto cae una obra como la de Bragado y los espacios crean nuevas significaciones. Creo que Agustín debe haber llegado a una comunión completa con su obra en memoria del colegio bombardeado. Allí se conjugan una serie de cuestiones, arte, propuesta, arte como eternidad y como síntesis del sentimiento de una comunidad.
El hecho de que la obra de Agustín haya sido elegida por la comunidad de Lleida para representar su memoria, debe ser la síntesis de las aspiraciones de su trabajo. Seguramente esto viene a explicar al autor, que todo el camino previo y su quehacer diario, se justifican plenamente. El artista, todos los artistas, trabajamos sin esperar compensaciones ni palmadas en la espalda, sin embargo cuando estas compensaciones, surgen no como "esperadas alabanzas", sino como sentidas y ocultas emociones, lagrimas disimuladas, de cientos de rostros, que no pueden disimular conmoción ante la obra, esto es impagable. Es la talla interior que conmueve al artista
La obra de Agustín, transita una serie de caminos. Como dije, la culminación al sentido a su creación. La obra es aquí una perfecta inserción espacial donde su escultura, ocupa y crea un espacio, el monumento a la memoria. Sin embargo, hay otros aspectos de su obra. La presencia de un mundo onírico, no real, donde los personajes, dragones y monstruos, no dejan de proponer mundos lejanos a la realidad, que expresan la posibilidad de expansión que tenemos en nuestra mente. Así como el mundo griego, construía un mundo lejano a la realidad, dioses y conflicto entre dioses, la mitología, pretendía configurar un dialogo constante con esa realidad, elevándose, es en realidad la propuesta de la obra de Agustín, crear una metáfora que nos ayude a vivir.
Con respecto a las obras que hablan de realidades no de mitología, trasuntan una relación entre lo real y lo abstracto. Personajes que se configuran de pronto en abstracciones formales, pero conservando una integralidad entre ambas formas. Aristas que se continúan, prismas que debemos recorrer visualmente para descubrir si se han transformado volviendo a la realidad o nos siguen confundiendo y todavía son una abstracción. Debemos girar nuevamente a su alrededor para redescubrirlo y esto lo convierte en poesía, cuestión difícil de plasmar en una escultura, pero sin embargo es su esencia, su personalidad. Aquí se percibe claramente, otra de las características de su trabajo, el movimiento. Su obra no es concebida como un objeto estático, justamente porque su creador, siempre imagina y ve a su obra, entre la gente.
Monstruos, sueños y espacios de vida creados dentro de una comunidad, no hacen más que modificar la forma de vida de un pueblo, crear a través del arte una metáfora de la vida.
Formas y color, novedosos, atractivos, no hacen mas que reforzar la presencia de un arte que se describe por si mismo. Quiero decir, que aunque la obra de Agustín, se percibiera solo en blanco y negro, o grises, mantendría su poesía. Es un orgullo contar con el arte de Agustín Bragado, hacen crecer y vuelve perenne a una comunidad, felicitaciones también a los habitantes de su ciudad ( Lleida) por tenerlo y cobijarlo.


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CRITICA de Gregorio Vigil-Escalera Alonso

Hasta en una materia tan modesta como la arcilla se encierran energías latentes, formas potenciales, valores, imágenes de leyenda, que están al alcance de aquel creador que sepa sacarlos a la luz en toda su realidad escultórica.
Bragado es un artista que apela a la virtud del trabajo y la inspiración para encontrar esa hechuras, esos modos, que le permiten abrir lentamente un resquicio que pueda desembocar en la aparición de esos tótem o ídolos que primero nos ciegan por su solidez, su vigor y su fuerza, su resurgimento de un pasado ancestral, mítico, que siempre nos ha subyugado. Y segundo porque la corporeidad y el volumen de esta obra conforman una figura en la que la monstruosidad palpita, se hace humana, se refleja en nuestro propio ser. Nos deja con esa sensación de horror y misterio ante lo todo lo que supuestamente tiene una dimensión física que nos rebasa. Por lo tanto, tiene el acierto de situarnos en un espacio compartido con una efigie que plantea otra estética, a la que le debemos el estupor de su presencia, que es una forma de decirnos que también es la nuestra y que además es símbolo telúrico de fortaleza, energía y tiempo, el que ha necesitado para ser extraída de las entrañas de la tierra. El artista únicamente ha precisado penetrar esa corteza con aliento creativo para moldear aquello que siempre fue y seguirá siendo.